CRÓNICA DE UN DÍA DE FIESTA EN LA HABANA
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UN DOMINGO EN LA HABANA
"EL CALLEJÓN DE HAMEL HUELE A FIESTA Y SABE A RISA"
Otro domingo más. El calor es agobiante. No sabes qué hacer. Sigues como cada fin de semana. Tirado en el sofá, con la tele y el eterno zumbido del ventilador. Te apetece una cerveza pero supone mucho esfuerzo el levantarse para ir a por una a la nevera. La camiseta se te pega al cuerpo. El hedor es insoportable…y es entonces cuando te acuerdas de que no estás en Barcelona. Te levantas. Vas a la ducha y das gracias al cielo por haber tomado esta decisión. Estás en La Habana. Tu habitación está en la planta número trece de un hotelucho situado en el malecón habanero. Lo ves todo. Ya no es un domingo más. Es el domingo. Y así lo viví.
Lo primero que pensé es que no llegábamos. Esto de estar de vacaciones es un decir. Todos los días éramos las primeras en bajar a por el desayuno. Bueno también porque aprovechábamos que aún los camareros estaban algo taciturnos para embutir en nuestras mochilas todo lo que cupiese y así ahorrarnos el pagar una comida.
Nada más salir del hotel el calor caribeño nos daba la bienvenida de un manotazo. Y así a 35 ºC empezamos a recorrer las calles de La Habana en busca de la fiesta dominguera tan famosa en Cuba.
Nuestra llegada la noche anterior no pudo ser más cómica. Nada más llegar al hotel decidimos ir a dar una vuelta para tener una primera toma de contacto con el terreno y sentirnos más seguras. Inútil. Las tres estábamos acongojadas (por no utilizar otra palabra). No queríamos admitirlo pero eso más que un primer paseo parecía la maratón de “haber quién llega antes de vuelta al hotel”. Y fue entonces cuando conocimos a un grupo de chicos cubanos miembros del Folklore Nacional como bailarines. Ahí fue cuando por fin respiramos más aliviadas. Ya podíamos decir que no estábamos como los pollitos recién salidos del cascarón: mojados y asustados.
A partir de ahí se puede imaginar el resto. Una cosa llevó a la otra. Acabamos aprendiendo a bailar salsa, merengue, bachata y son entre ron y mojitos en el malecón. La fiesta continuó hasta bien entrada la noche y quedamos que serían nuestros guías mientras durara el viaje. Así ese mismo día unas horas después salíamos decididas por la puerta del hotel a conocer y dejarnos guiar.
“Quedamos en el callejón de Hamel que allá sí que conocerán el sentido de la música en Cuba”. Y para allá nos fuimos. La ciudad parecía cobrar vida. Las calles estaban llenas de gente, nadie se quedaba en su casa. Todos parecían querer aprovechar al máximo su “día feriado”. Por un momento creí que pasábamos desapercibidas entre aquella multitud creciente. No era así. Nos quedamos maravilladas de la majestuosidad de las calles de la ciudad. Nunca había visto tanta arquitectura de calidad. Pero que se caía a pedazos. Los edificios descascarillados parecían retar al tiempo y al mar en un duelo de resistencia.
Callejones estrechos, pestilentes…pero llenos de vida. Y tres españolas con cámara en mano no son precisamente lo que yo entiendo por pasar desapercibida.
“Buenos días lindas” así nos saludó Carlos, un chiquito que nos encontramos en el camino. Después de tres palabras ya parecía amigo nuestro de la infancia. Y entonces la pregunta “Bueno ustedes ya habrán comprado souvenirs ¿no?”. No sé exactamente cómo fue la cosa pero acabamos en casa del padre de este muchacho, que trabaja en la fábrica de habanos, para comprar puros de contrabando. Nos condujo hasta un inmueble señorial. Me sentí como Escarlata O’Hara…se abrieron los portones de madera con un decrépito crujir que helaba los huesos. Y nosotras bien pegaditas pensando qué caramba hacíamos allí metidas. Allí mismo, en la entrada nos ofrecieron asiento que gratamente aceptamos. La estancia no era demasiado grande pero sus techos altos contrastaban con la humildad de los muebles. En una esquina la televisión. En ángulo los dos sofás. En la pared la cabeza de un ciervo de mirada atenta y lo que acabó por desquiciarme: un altar a los dioses de la santería. Ante este panorama no es difícil imaginar nuestro rostro descompuesto ante la duda y el temor a lo desconocido.
Y el ventilador colgado del techo zum zum zum testigo de todo lo que nos estaba pasando. Y yo sin uñas. Definitivamente no nos atrevimos a salir de la casa sin nuestro surtido de Cohiba, Montecristo y Partagás, cualquiera se ponía a regatear el precio. Ya con nuestros paquetes y con las rodillas temblando salimos, ya en serio, en busca del callejón donde habíamos quedado con los bailarines.
Una señora tuvo la amabilidad de buscarnos a un joven que tomaba la misma dirección para así no perdernos. Un chico no muy alto, más negro que el carbón y unas gafas de rapero que lo decían todo. Era cantante. Imaginad la estampa. Tres rubias en tirantes como cangrejos por el sol cantando los coros de un rap cubano por las calles de la Habana. Ahora entiendo las miradas de los transeúntes. Nos sentíamos de allí por cómo nos hacía sentir su gente. Lo que buscábamos era justamente lo que encontramos. Ser uno más y conocer.
Entre risas y aplausos empezamos a vislumbrar pequeñas concentraciones de gente que seguía nuestro mismo camino. A estas alturas ya estábamos ansiosas por llegar. El callejón de Hamel es un lugar digno de ser recordado. Es como entrar en otra dimensión. Ya en la entrada reza “la vida es música y cuando pasas estas puertas la pena no tiene lugar”.
Los tambores retumbando en mi pecho. La gente apretándose unos a otros para poder ver. Ojos que observan todo lo que haces. Y color, muchísimo color. Es un callejón que no tiene salida y que han transformado en un tipo de recinto de fiesta. La entrada está adornada con todo tipo de artilugios de la vida diaria. Desde una bañera partida por la mitad como asiento o regaderas a modo de macetas. Es muy estrecho, pero aún así los árboles no faltan. Y se agradece un poco de sombra. Los tambores seguían retumbando en mis sienes y lo único que quería era avanzar para poder ver quién tocaba, quién cantaba…Mucho calor. Mi ropa se adhería a mi piel. Estaba fatigadísima pero la música parecía alentar nuestros pasos a seguir. Andaba a tropezones y había momentos que no sabía dónde acababa mi cuerpo y empezaba el del que iba delante de mío. El bullicio era impresionante. Y ahí al fondo estaban los músicos. En un ritmo frenético de tambor golpeando el instrumento, haciéndole cobrar vida. Tanta pasión y entrega hacía que todos nos contagiáramos de esa energía. Nadie estaba quieto. Todo era risa, baile y trago.
En el centro una pareja bailando. Pero no a la manera que estamos acostumbrados. No era una danza. Era una discusión, una lucha que nos tenía al público embelesado. Giros bruscos con el cuerpo, saltos, gritos, pañuelos. Todo fluía entremedio de cantos que recuerdan que los cubanos nacieron de África y España..." El callejón de Hamel huele a fiesta y sabe a risa"
Así pasamos hasta las 5 de la tarde. Recogimos nuestras cosas y seguimos nuestra aventura por La Habana.
Destacado: Nadie estaba quieto. Todo era risa, baile y trago.
Destacado: Nadie estaba quieto. Todo era risa, baile y trago.
